
La
lectura y la escritura son dos procesos distintos que a menudo en el ámbito educativo
aparecen entrelazados.
En ese proceso el lector construye el sentido del texto a través de
distintas transacciones con el material escrito y sus propios conocimientos
sufren transformaciones, por lo tanto, en una perspectiva transaccional, tanto
el sujeto que conoce como el objeto a conocer se transforman durante el proceso
de conocimiento. Los lectores tratan de dar sentido al texto, componen el
significado y por ello no hay significado en el texto hasta que el lector
decide que lo haya. Dentro de esta concepción se destaca el papel activo que
cumple el lector en el proceso de lectura. (Egle Corrado y equipo, p.2)
Los
textos académicos son complejos por su estructura y lenguaje específico, porque
suponen muchos cocimientos previos y porque dialogan con otros textos.
Las
investigaciones psicolingüísticas sostienen que la lectura es un proceso en el
que interactúan el pensamiento y el lenguaje, dando lugar a la formación de la
oralidad, que es una capacidad en ejercicio permanente y que, por lo tanto, no
necesita ser practicada; esta afirmación es apoyada por algunos y cuestionada
por otros autores.
La
articulación entre escritura y oralidad parece ser la clave para identificar
las principales dificultades discursivas con las que se encuentran los alumnos
en el momento de enfrentar el examen oral. Los estudiantes deben contestar
preguntas y exponer un tema, lo cual supone un manejo solvente de las
habilidades lectoras y de escritura.
El
discurso debe ser planificado, es decir pensado y organizado en una instancia
previa a la de la escritura o exposición oral, que debe reflejar en la
presentación del examen final de manera clara y organizada el contenido.
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